Abrazo
Por Javier “anónimo” Salinas
-El pasto estaba gris, ¿recuerdas?
-No sé de qué me estás hablando.
-De nada. No importa, nunca sabes de qué estoy hablando.
-¿Te puedo dar un abrazo?
-(silencio).
-Ven, ven para acá, no seas tonto.
-(silencio y él es tonto, se acerca).
-Gracias.
-De nada, ¿Por qué?
-Por estar.
-Bueno.
-No me gustaría irme.
-(se rasca la cabeza y dice) tienes que irte. (Y comprensivo, sigue).Así siempre ha sido.
-(silencio).
-Soy yo el que se va. Cuídate. Suerte.
-Gracias.
Y él llegó a su casa y se tocó. Se duchó y fumó. Sí, tal cual, como en los clichés más básicos, como en el cine francés. Y fumó. Puso un disco de Rita Lee y durmió. Ella, en cambio, se conectó a messenger. Y parloteó. Y gozó. Y se sintió inteligente. Incluso brillante.
Ayer el pasto a él le pareció gris, aunque sabía que era verde. Nada de metáforas. Sólo pretendía hacerse el distraído. Ella lo admiraba y se sonrió. Pero ahora no se acordaba al igual que él. El pasto era lo importante. Y que él sabía lo que vendría. Ella también lo sabía. Incluso, sabía que él sabía. En el fondo, TODOS lo sabían. Pero siempre era más entretenido jugar. Apostar al azar. Aunque él siempre supo que perdería. (Hasta en el raspe). Entonces el pasto fue gris y verde a la vez. Y estaba bien.
-Cuídate.
-Suerte.
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